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Matanza del Perejil: investigación sitúa las víctimas por debajo de 6,000

El 2 de octubre de 1937, desde la provincia de Dajabón, el dictador Rafael Leónidas Trujillo ordenó asesinar a los haitianos que vivían en la frontera noroeste y en el Cibao. Ochenta y nueve años después de aquella orden, la matanza sigue siendo una de las páginas más oscuras de la historia dominicana y, también, una de las menos precisas: nadie ha podido establecer cuántas personas murieron.

Durante décadas se repitieron cifras de 15,000 y 20,000 víctimas. El historiador Rafael Darío Herrera, que recorrió la región noroeste y conversó con personas que presenciaron la matanza o participaron en ella, llegó a una conclusión distinta.

El historiador Rafael Darío Herrera

El historiador Rafael Darío Herrera

«Las cifras rondan entre los 4,000 y los 6,000 haitianos muertos», afirmó Herrera en entrevista para el periódico Hoy.

Su estimación parte de un dato que, según él, obliga a revisar las cifras más altas. «En el censo de 1935, en la región solo había 10,000 o 12,000 haitianos», explicó.

De acuerdo con el historiador, en cuanto corrió la noticia de las primeras muertes, la mayoría de los haitianos huyó hacia su país. La frontera estaba cerca y bastaba con cruzar el río Masacre para ponerse a salvo.

Rafael Leónidas Trujillo

Rafael Leónidas Trujillo

Argumentos

El investigador suma otros dos factores.

El primero es la forma en que se cometieron los crímenes: los asesinos usaron armas blancas, lo que, a su juicio, hacía imposible que una sola persona matara a 30 o 40 haitianos en un día.

El segundo es el terreno. En Restauración, donde vivía la mayor población haitiana y donde se concentró la matanza, las montañas dificultaban el acceso. «Había que subir en caballo, en animales», recordó.

El investigador aclara que su rango coincide con el de otros estudiosos del tema, como Bernardo Vega, quien también ha situado la cifra entre 4,000 y 6,000 muertos. Aun así, admite que el número definitivo no se conocerá. «No se puede dar una cifra exacta», reconoció. Muchos heridos cruzaron la frontera y murieron en territorio haitiano, y esas muertes nunca se contaron.

Las fosas del noroeste

La pregunta que más le hacen, cuenta Herrera, es qué pasó con los cuerpos. Según sus investigaciones, Trujillo obligó a los mismos hombres que reclutó para la matanza a cavar fosas, colocar allí los cadáveres y quemarlos.

El historiador asegura haber identificado fosas en Mahó, Martínez, Loma de Cabrera, Dajabón y Restauración.

 «La fosa está distribuida en la región noroeste entera, básicamente», dijo. Las víctimas, según su relato, fueron sobre todo niños y ancianos que no podían correr, y haitianos a los que los asesinos sorprendieron desprevenidos.

Restauración, añade, quedó devastada. Con la matanza desaparecieron también el ganado y la agricultura de la zona.

El pretexto del ganado

El régimen justificó la matanza con las quejas por robo de ganado en la frontera. Herrera encontró en el Archivo General de la Nación el documento de un oficial destacado en la zona que desmonta esa excusa.

«En el robo de ganado no solamente participaban haitianos, también participaban muchísimos dominicanos», señaló.

En la provincia de Montecristi, incluso, las autoridades expulsaron a un grupo de dominicanos acusados de ese delito. La frontera, explica, era porosa: el ganado cruzaba a pastar de un lado al otro, y los ganaderos lo dejaban suelto, sin cercas.

El criterio para escoger a las víctimas, según el historiador, fue el color de la piel. En una zona de mezcla como aquella, la matanza alcanzó también a muchos rayanos, dominico-haitianos de la frontera, que después pidieron permiso al comandante militar de Dajabón para volver a sus casas.

Al respecto el historiador, Reinaldo R. Espinal, coincide en que la orden fue una decisión personal de Trujillo, ejecutada sobre todo por militares y reos.

Varias fuentes, apunta, describen a soldados que actuaban bajo los efectos del alcohol.

Historiador, Reinaldo R. Espinal

Historiador, Reinaldo R. Espinal

Hubo excepciones. Los haitianos que trabajaban en los ingenios azucareros con capital estadounidense quedaron a salvo, igual que los que laboraban en La Yuquera, en Quinigua, Santiago.

El silencio de la prensa

Mientras ocurría la matanza, ningún periódico dominicano publicó una línea. «Nadie se atrevía, era una dictadura», dijo Herrera. El mundo se enteró por la prensa de Estados Unidos, Cuba, Puerto Rico y Argentina.

La diplomacia del régimen presentó los hechos como «incidentes fronterizos», y el canciller haitiano llegó a firmar un documento con esa versión, según el catedrático. La presión internacional y las denuncias de la Iglesia católica de Haití llevaron a una mediación.

Trujillo aceptó pagar una indemnización de 750,000 dólares, aunque, de acuerdo con Herrera, al final entregó una suma menor.

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