
San Cristóbal. A las 10:45 de la noche del 10 de mayo de 1998, República Dominicana se estremeció con una infausta noticia: el fallecimiento de José Francisco Peña Gómez, el líder de masas dominicano más trascendental del siglo XX, a la edad de 61 años.
Hoy, 28 años después de su partida del mundo terrenal, el contraste entre la memoria de su grandeza (que traspasó fronteras internacionales) y la realidad física de su antiguo hogar que tanto amaba es, cuando menos, desolador.
Aunque su enfermedad, un agresivo cáncer de páncreas, era un secreto a voces de un terrible desenlace, gran parte del pueblo no estaba listo para ver partir al más ilustre representante del Partido Revolucionario Dominicano (PRD).

Entre ruinas y olvido familiar: El triste destino del hogar donde vivió y murió Peña Gómez
A la par con el tiempo de su partida, la casa, ubicada en la calle principal de Cambita, San Cristóbal, en el sur del país y donde murió aquel 10 de mayo, se ha ido convirtiendo en una ruina.
Aunque el acceso al interior del lugar está restringido por orden familiar, sí logramos recorrer sus partes exteriores.
La estructura de tres niveles, con su desgastada fachada de color crema, se encuentra rodeada de abundante vegetación descuidada, pero al mismo tiempo, productora de desperdicios que afean el pasto.
Al pararse frente a la puerta de entrada, el impacto visual es inmediato. La terraza exterior, el emblemático espacio donde el líder perredeísta solía pasar largas horas, ha perdido por completo su techo de tejas, al igual que el pequeño gazebo que complementaba el área de recreación.
La piscina, otrora punto de encuentro, luce hoy vacía, con apenas residuos de agua estancada y un verde intenso que delata el abandono.

Así luce la pascina de la residencia de José Francisco Peña Gómez, en Cambita.
El deterioro no se limita al interior de la propiedad, pues la verja perimetral que progege la propiedad se ha convertido en un riesgo latente para la seguridad pública, ya que árboles de bambú crecen de manera desproporcionada, provocando daños a la estructura y afectando a transeúntes y a una residencia contigua.
Por ejemplo, Ramón Morán alega que, por culpa de las raíces de esa planta, ha tenido que sustituir en tres ocasiones los pisos de su casa. Comenta que tiene 10 años tratando de que los familiares de José Francisco Peña Gómez atiendan su denuncia, pero ha sido en vano hasta el momento.

El bambú ha derribado parte de la verja principal que cubre la propiedad.
Ausentes
Los grandes ausentes en este espacio son los propios familiares del líder político. De acuerdo con los datos recabados en el recorrido, la presencia de sus hijos es casi nula, a excepción de José Frank, quien acude de manera muy esporádica e incluso llega a pernoctar allí.

En este lugar , según lugareños, Peña Gómez pasaba largas horas, leyendo y recibiendo visitas.
En contraste con la casa, la dinámica en los alrededores cuenta otra historia humana: en una pequeña casa de huéspedes dentro de los mismos terrenos reside actualmente una pareja junto a sus tres hijos pequeños, con edades que rondan los 4, 5 y 6 años.
“Tengo años que no veo a nadie de los hijos de Peña aquí”, comentó un motorista oriundo de Cambita que se abastecía de gasolina en una estación de combustible construida en la acera del frente del lugar.
Propuesta
El presidente Luis Abinader ha intentado adquirir la propiedad con el propósito de restaurarla y convertirla en un museo que honre la memoria y el legado histórico de Peña Gómez.
Sin embargo, el esfuerzo oficial se ha topado con un no rotundo por parte de la familia.
Para esos fines, una comisión oficial del Gobierno, encabezada por el entonces ministro Administrativo, José Ignacio Paliza, visitó el espacio.
Hoy, la que fuera morada del tribuno que movió las fibras más sensibles del pueblo dominicano permanece sumida en el silencio, la maleza y la decadencia, esperando que su valor histórico encuentre el resguardo que sus herederos, por ahora, le han negado.




