
Ucrania ha llevado la batalla cultural contra Rusia hasta los dibujos animados. El Gobierno de Volodímir Zelenski sancionó a personas y organizaciones vinculadas con “Masha y el Oso”, al considerar que la popular serie infantil rusa contribuye a difundir una imagen favorable de Rusia y puede funcionar como una herramienta de influencia ideológica.
La decisión reavivó una controversia que viene de años atrás. Autoridades y críticos ucranianos han cuestionado algunos episodios por el uso de símbolos asociados con la Unión Soviética, mientras los productores de la serie rechazan que exista propaganda política y defienden que se trata de entretenimiento infantil.
El caso plantea una pregunta que va más allá del conflicto entre ambos países: ¿pueden los dibujos animados transmitir ideología sin que el público infantil lo perciba? Para analizarlo, el equipo de N Digital consultó a la politóloga Rosario Espinal, quien abordó cómo el entretenimiento y los productos culturales pueden convertirse en vehículos para transmitir valores, comportamientos y determinadas visiones del mundo.
Rosario Espinal: “la ideología también puede entrar por el entretenimiento”
Para analizar este fenómeno, la politóloga y socióloga Rosario Espinal, quien explicó cómo los productos culturales pueden convertirse en espacios donde se transmiten valores, comportamientos y determinadas visiones del mundo.
Espinal plantea que la influencia ideológica no necesariamente tiene que aparecer de manera explícita. Puede incorporarse mediante los personajes, las historias, los roles que desempeñan, la manera en que se representa la autoridad, quién aparece como héroe o villano y cuáles comportamientos terminan siendo presentados como normales o deseables.
Esta mirada resulta particularmente importante cuando se habla de contenidos dirigidos a niños, porque la animación utiliza herramientas que facilitan la identificación: personajes simpáticos, humor, música, colores, aventuras y situaciones repetitivas que pueden contribuir a familiarizar al espectador con determinados símbolos o comportamientos.
La propia Espinal ha señalado públicamente que la comunicación está atravesada por intereses y que la manipulación consiste, entre otras cosas, en utilizar estrategias para incidir sobre los demás y ejercer poder. En un artículo publicado en 2025, sostuvo que los intereses individuales y grupales impactan las formas de comunicación.
Vista desde esa perspectiva, la discusión sobre “Masha y el Oso” no implica necesariamente afirmar que cada episodio haya sido concebido como propaganda política. El punto central es preguntarse cómo una producción cultural puede construir imaginarios y asociaciones en una audiencia, especialmente cuando se consume durante la infancia.
De Masha y el Oso a Disney: los dibujos también han servido para hacer política
La utilización de la animación para transmitir mensajes políticos tampoco es exclusiva de Rusia. Durante la Segunda Guerra Mundial, los estudios estadounidenses produjeron cortometrajes animados destinados a promover el esfuerzo de guerra, ridiculizar a los países enemigos y fortalecer el sentimiento patriótico.
Disney, por ejemplo, convirtió a personajes conocidos en protagonistas de piezas vinculadas al contexto bélico. Otros estudios estadounidenses hicieron lo mismo con personajes como Bugs Bunny y otros integrantes de sus catálogos.
La diferencia con “Masha y el Oso” es el contexto actual. En medio de una guerra, Ucrania interpreta cualquier herramienta de difusión cultural rusa con una sensibilidad mucho mayor y considera que la popularidad internacional de la serie puede favorecer la proyección de una imagen positiva de Rusia.
Y la capacidad de alcance es enorme. La producción ha sido traducida a más de 40 idiomas y distribuida internacionalmente. Además, uno de sus episodios se encuentra entre los videos infantiles más vistos de YouTube, lo que demuestra la dimensión global que puede alcanzar una producción originalmente destinada al público infantil.
¿Dónde termina la cultura y comienza la propaganda?
Aquí aparece uno de los puntos más delicados del debate.
Que una serie haya sido producida en Rusia, utilice elementos de su cultura o tenga personajes asociados con símbolos tradicionales del país no significa automáticamente que sea propaganda política. La acusación de Ucrania es precisamente que determinados elementos, sumados al contexto y a los vínculos de sus productores con Rusia, convierten a la serie en una herramienta de influencia.
Los responsables de la producción y las autoridades rusas rechazan esa interpretación. El Kremlin cuestionó la decisión de Kiev y defendió la serie, destacando su popularidad internacional y su contenido orientado al entretenimiento infantil.
Por eso, más que establecer una relación automática entre animación y propaganda, el caso obliga a observar qué se cuenta, cómo se cuenta, quién lo cuenta y en qué contexto se distribuye.
La batalla por las ideas también se libra en los personajes
El fenómeno puede verse en ejemplos mucho más cotidianos. Un personaje que siempre desafía a una autoridad puede transmitir una determinada visión sobre la obediencia. Otro que resuelve todos sus problemas mediante la fuerza puede normalizar ese comportamiento. Una historia donde un determinado grupo aparece constantemente como amenaza puede construir prejuicios.
No hace falta que un personaje diga “este sistema político es mejor que aquel”. La ideología puede aparecer de manera indirecta, a través de los valores que la historia premia y aquellos que castiga.
En ese sentido, la infancia se convierte en un terreno especialmente sensible, porque los niños consumen historias antes de desarrollar necesariamente las herramientas críticas con las que un adulto puede identificar una intención política o comercial.
Esto no significa que los niños sean receptores pasivos ni que cualquier dibujo animado sea una pieza de propaganda. Significa que el entretenimiento también forma parte de la construcción cultural de una sociedad.
República Dominicana tiene sus propios ejemplos en la caricatura política
En República Dominicana, aunque no existe evidencia de que algún caricaturista haya señalado específicamente a “Masha y el Oso” como propaganda rusa, sí existe una amplia tradición de utilizar personajes gráficos para interpretar y cuestionar la realidad política.
Uno de los nombres fundamentales es Harold Priego, creador de “Diógenes y Boquechivo”. Un estudio académico de la Universidad APEC identifica a Priego como uno de los principales caricaturistas dominicanos de las últimas décadas y destaca el componente de crítica social y política presente en sus personajes.
La obra de Priego resulta especialmente interesante para esta discusión porque demuestra el poder que puede tener un personaje aparentemente sencillo para representar ideas complejas sobre la sociedad. Sus caricaturas abordaron el clientelismo, el patrimonialismo, la política y distintos comportamientos de la vida pública dominicana.
Ese legado continúa en el humor gráfico dominicano con figuras como Poteleche, de Rafael de los Santos, y Cristian Hernández, quienes utilizan la caricatura para comentar la actualidad política y social.
La diferencia es evidente: en la caricatura política el público sabe que está frente a una interpretación y, generalmente, reconoce la intención satírica. En un dibujo animado infantil, en cambio, el mensaje puede llegar oculto dentro de una historia de aventuras y entretenimiento.
El debate que deja Masha
La decisión de Ucrania abre una discusión mucho más amplia que la propia serie. En una época en la que los niños ya no dependen exclusivamente de la televisión tradicional y pueden consumir contenido desde YouTube, TikTok, Netflix y otras plataformas, las fronteras culturales prácticamente desaparecieron.
Un personaje creado en Moscú puede convertirse en una celebridad infantil en Santo Domingo, Ciudad de México o Madrid. Una canción producida en Corea del Sur puede convertirse en un fenómeno en América Latina. Y una película estadounidense puede influir en la manera en que una generación completa entiende determinados valores.
Por eso, el caso de “Masha y el Oso” plantea una interrogante que va más allá de Rusia y Ucrania: ¿cuánto de lo que los niños consumen como entretenimiento también está ayudando a formar su visión del mundo?
La respuesta no necesariamente está en prohibir cada contenido que tenga una determinada carga cultural o ideológica. Está, quizás, en desarrollar audiencias capaces de reconocer que incluso detrás de un personaje aparentemente inocente existen decisiones sobre qué historias contar, qué comportamientos premiar y qué mundo representar.
En tiempos de guerras culturales, redes sociales y propaganda digital, la batalla por las ideas ya no se libra solamente en los discursos de los presidentes. También puede estar escondida detrás de un dibujo animado.



