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Alfonso Soriano y la pregunta que Cooperstown todavía no responde

Viendo las efemérides de ayer lunes, llamó mi atención el recuerdo de Alfonso Soriano, gran jugador dominicano, que daba cuenta sobre sus cuatro temporadas con 30 jonrones y 30 bases robadas durante su exitosa carrera en las Grandes Ligas.

Y recordé la vieja discusión sobre si merecía o no ser miembro del Salón de la Fama de Cooperstown.

El nombre del dominicano vuelve a aparecer cada cierto tiempo cuando se revisan las grandes actuaciones ofensivas de las últimas décadas. No es extraño. Soriano pertenece a una generación de peloteros capaces de convertir una temporada ordinaria en una sucesión de cifras extraordinarias: velocidad, poder, producción y una capacidad poco común para cambiar un partido con un solo swing o una carrera tomada en el momento preciso.

Pero cuando se abre la puerta de Cooperstown, la conversación cambia.

Soriano terminó su carrera en las Grandes Ligas con 412 cuadrangulares y 2,095 imparables. Durante cuatro temporadas alcanzó al menos 30 jonrones y 30 bases robadas, una combinación que durante años representó uno de los símbolos más reconocibles de su versatilidad ofensiva. Y en 2006 llegó todavía más lejos: conectó 46 cuadrangulares y se robó 41 bases, convirtiéndose en apenas el cuarto jugador en la historia de las Grandes Ligas en alcanzar la temporada de 40-40.

Esas cifras no son menores. Tampoco son suficientes, por sí solas, para explicar una carrera de Salón de la Fama.

Ahí está precisamente el debate.

Grandes momentos

Soriano tuvo una carrera construida sobre el impacto inmediato. Era un bateador que podía producir carreras, avanzar bases y poner presión sobre la defensa. En sus mejores años, su combinación de fuerza y velocidad lo convirtió en uno de los jugadores más peligrosos de la Liga Americana.

Su temporada de 2006 resume buena parte de esa identidad.

Después de haber sido durante años un segunda base de enorme dinamismo, Soriano fue trasladado al jardín izquierdo tras su llegada a Washington. La transformación no fue solamente táctica. También modificó la manera en que su producción debía ser interpretada.

Un segunda base con semejante poder ofensivo podía parecer excepcional dentro de los parámetros históricos de su posición. Un jardinero de esquina, en cambio, debía competir estadísticamente con una tradición mucho más exigente de bateadores de poder.

La misma producción podía adquirir un valor histórico distinto dependiendo del lugar que ocupara el jugador en el terreno.

Y esa es una de las claves para entender el caso Soriano.

Cifras que pesan cuando se habla de Cooperstown

El Salón de la Fama no funciona mediante una fórmula matemática. Sin embargo, las estadísticas avanzadas han cambiado profundamente la manera en que se evalúan las candidaturas.

El WAR —victorias sobre un jugador de reemplazo— intenta estimar el valor total que un pelotero aportó a su equipo. En ese terreno, Soriano quedó en una posición poco favorable frente a muchos de los jugadores que terminaron recibiendo una placa en Cooperstown.

Su WAR de carrera, estimado en alrededor de 28.6 según Baseball-Reference, está muy por debajo de los niveles que suelen presentar los candidatos más sólidos al Salón de la Fama.

El dato no significa que Soriano haya sido un jugador mediocre. Significa algo diferente: que su extraordinaria producción ofensiva convivió con deficiencias en otras áreas que terminaron reduciendo su valor acumulado.

Esa distinción es fundamental.

Porque Soriano podía ganar un partido con el bate, pero no siempre compensaba con la misma consistencia sus problemas de embasarse, su elevada cantidad de ponches y un rendimiento defensivo que nunca terminó de convertirse en una fortaleza sostenida.

El número que probablemente más lo persigue

Entre todos sus registros ofensivos, quizá ninguno resulta tan revelador como su porcentaje de embasarse de por vida: .319.

Para un bateador con 412 jonrones, la cifra puede resultar sorprendente.

Soriano era, esencialmente, un bateador de agresividad extrema. Atacaba los lanzamientos y buscaba producir daño. Esa filosofía le permitió acumular cuadrangulares y extrabases, pero también produjo una cantidad importante de turnos improductivos.

Terminó con 1,803 ponches y 496 bases por bolas.

La combinación ayuda a explicar la contradicción estadística de su carrera: tenía suficiente poder para castigar a cualquier pitcher, pero no alcanzaba con la misma frecuencia las bases por otras vías.

En una época en la que los votantes y analistas comenzaron a prestar cada vez más atención a la capacidad de un bateador para llegar a base, esa característica terminó pesando.

Sus 412 jonrones: el número que mantiene vivo el debate

Aquí aparece la parte más incómoda de la discusión.

Cuatrocientos doce jonrones son demasiados para describir una carrera como irrelevante.

Soriano superó a numerosos bateadores que fueron considerados estrellas de primer nivel y terminó su trayectoria con una cifra de cuadrangulares que, durante buena parte de la historia del béisbol, habría parecido casi una garantía de inmortalidad.

Pero el béisbol moderno dejó de mirar únicamente la acumulación.

No llegó a los 500 jonrones. Tampoco alcanzó los 3,000 hits. Sus 2,095 imparables quedaron igualmente por debajo de otro de los grandes umbrales históricos utilizados durante décadas como referencia para Cooperstown.

Y cuando se combinan esas cifras con su WAR, su OBP y las limitaciones defensivas, el expediente pierde fuerza frente a los candidatos que presentan una trayectoria estadísticamente más completa.

Soriano tuvo números extraordinarios.

Lo que no tuvo fue una acumulación extraordinaria en suficientes categorías al mismo tiempo.

La paradoja del 40-40

Tal vez ahí reside la mayor ironía de su candidatura.

Soriano consiguió algo que muy pocos jugadores han conseguido. En 2006 bateó 46 jonrones y robó 41 bases. Fue una temporada que lo colocó en un territorio reservado para una élite diminuta.

Además, alcanzó cuatro temporadas de 30 jonrones y 30 robos.

Pero una hazaña histórica no necesariamente equivale a una carrera histórica.

La temporada de 40-40 convirtió a Soriano en parte de un grupo exclusivo, pero Cooperstown no elige jugadores exclusivamente por sus picos de rendimiento. También evalúa duración, consistencia, valor defensivo, producción acumulada, contexto histórico y comparación con sus contemporáneos.

Alfonso Soriano fue demasiado grande para ser olvidado, pero estadísticamente incompleto para ser inmortal.

Alfonso Soriano junto a su hijo en Miami.

Alfonso Soriano junto a su hijo en Miami.Fuente externa

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