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Botas prestadas de Joshua Báez van a Cooperstown

CHICAGO.— Antes de que Joshua Báez hiciera historia con un bate en las manos, necesitó que alguien le prestara unas botas.

El detalle podría parecer menor frente a la magnitud de lo ocurrido después. No lo fue.

Cuando el prospecto de los Cardinals llegó el sábado a Wrigley Field para disputar el primer partido de su carrera en las Grandes Ligas, su equipamiento estaba lejos de la imagen impecable que Bryan Torres quería para una jornada destinada a quedar en los libros. Báez llevaba unas botas sucias y guantes de bateo blancos. Torres decidió intervenir.

“No puedes salir así en tu debut. Tienes que lucir impecable. Tienes que vestir de rojo”, le dijo.

El problema era encontrar unas botas de fútbol talla 12.

La solución apareció en el casillero de Blaze Jordan. Torres encontró allí un par limpio y completó el atuendo con un cinturón rojo tomado de uno de los preparadores físicos y unos guantes de bateo de José Fermín. En cuestión de minutos, Báez estaba listo para el momento más importante de su todavía corta carrera.

Jordan ni siquiera estaba presente cuando ocurrió el préstamo. Cuando regresó, Báez ya llevaba las botas puestas.

“Me dijo: ‘Oye, las lleva puestas’”, recordó Jordan. Su respuesta fue inmediata: no había problema.

Antes del partido, incluso le dijo a Báez que no se preocupara por devolverlas.

“Quédatelas. Son tus primeras botas de fútbol”.

Nadie podía imaginar entonces que aquellas botas terminarían teniendo un destino mucho más extraordinario que cualquier vestuario de béisbol.

Una noche que cambió todo

Báez no necesitó tiempo para acostumbrarse a las Grandes Ligas.

En su debut, conectó tres jonrones y se convirtió en el primer jugador en la historia de MLB en alcanzar esa cifra en su primer partido. Añadió cinco carreras impulsadas y convirtió una jornada que ya era especial por definición en una actuación que difícilmente podía parecer real.

Al día siguiente, todavía con el eco de aquella noche sobre Wrigley Field, volvió al estadio para ocupar el quinto puesto en el orden ofensivo y defender el jardín izquierdo de St. Louis.

El torbellino apenas había comenzado.

Tres jonrones. Cinco carreras impulsadas. Cerca de 30 familiares alrededor. Apenas unas horas de sueño. Y, de pronto, la atención de un lugar reservado para las piezas más memorables de la historia del béisbol: Cooperstown.

Pero entre las estadísticas y los titulares había una historia mucho más sencilla, casi doméstica. La de un compañero que vio que el novato no tenía las botas adecuadas y decidió ayudarlo a estar a la altura de la ocasión.

De un casillero a un museo

Para el domingo por la mañana, aquellas botas prestadas ya habían adquirido otra dimensión.

Horas después se anunció que Báez las donaría al Salón de la Fama del Béisbol. El objeto que había comenzado como una solución improvisada en un vestuario de Chicago pasaba así a formar parte de la memoria física de una actuación histórica.

Hay, además, una pequeña ironía que hace todavía más particular la historia: dentro de las botas está escrito el nombre de Jordan.

“Es genial, porque los tacos tienen mi nombre en el interior”, bromeó. “Así que podré entrar en el Salón de la Fama. Gracias a Báez”.

Jordan contó que se tomó el episodio con humor junto a su familia la noche del sábado. Y ahora espera que, cuando las botas sean exhibidas en Cooperstown, nadie decida borrar aquel nombre que quedó allí por una circunstancia tan accidental como memorable.

“Espero que no lo quiten. Que el nombre siga vivo”, dijo.

Tampoco parece demasiado preocupado por perder un par de botas en perfecto estado. Según explicó, recibirá unas de repuesto. Después de lo ocurrido en Wrigley Field, el intercambio parece bastante razonable.

“Pensaba dejar que se las quedara sin importar qué”, explicó Jordan. “Pero es aún más especial después de todo el partido”.

El objeto detrás del récord

Las grandes noches deportivas suelen quedar reducidas a números: tres jonrones, cinco carreras impulsadas, una marca histórica. Son cifras precisas, incontestables y fáciles de recordar.

Pero los momentos que sobreviven durante décadas suelen conservar también pequeños detalles que las estadísticas no pueden explicar.

En el caso de Báez, uno de ellos está en sus pies.

Las botas no fueron parte del récord. No conectaron ninguno de los tres cuadrangulares. No aparecieron en la planilla de anotación. Fueron, simplemente, un préstamo de último minuto para que un joven jugador pudiera presentarse como quería en el día más importante de su carrera.

Y, sin embargo, terminarán en Cooperstown.

Ese recorrido —del casillero de un compañero a una vitrina del Salón de la Fama— resume de una manera casi perfecta lo extraño que puede ser el nacimiento de una leyenda deportiva. A veces la historia comienza con un batazo monumental. Otras veces empieza mucho antes, con alguien diciendo que unas botas sucias no son suficientes para un debut que nadie olvidará.

Para Báez, aquellas botas ya no son un simple par de zapatos.

Son el primer capítulo material de una historia que, en apenas una noche, pasó de ser promesa a convertirse en historia.

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